Romance entre el zinc y la lluvia

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Una sombra lujuriosa cubre los cielos, mientras un gélido susurro que acaricia la piel anuncia el húmedo y cristalino devenir. Un ventarrón repentino estremece el zinc, y se escucha la estruendosa carcajada del desvelado ferroso. Una risotada tenebrosa, pero que esconde la alegría desmedida de un extraño amorío entre la plancha de metal y la lluvia impetuosa.

El romance incomprendido por los ojos, se hace claramente legible para los sentidos. Una lámina que funge como techo protector contra el despiadado sol, recibe en su coraza las embestidas del sereno cruel, y solo la jugosa caricia que se desprende de las nubes calma el abrasador estado de un vigilante servil y olvidado.

La lluvia envía su brisa mensajera, escribe sus cartas de amor en las hojas de los árboles, que se desprenden y caen en el latón. El empedernido zinc lee y relee cada parte de la hoja desgajada, el ápice, la nervadura, el borde, sin tomar en cuenta que con cada lectura marchita su verdor, y se va desvaneciendo el ilusorio recado plasmado en el haz.

El metal se impacienta, necesita refrescar su incandescente alma de lata. La lluvia demora su promesa de mimos torrenciales, sabe que al caer sobre la plancha ardiente y seca, se evaporará su esencia, se sublimará su humedad. Vale la pena arriesgar las primeras gotas de sus gemidos; el sacrificio es inminente.

Finalmente se desprende del omnipresente gris lamidos oxigenados que se desvanecen en el rostro, y al estrellarse contra la planicie metálica, junto a la ventana, estremece los sentidos, provocando un arrebatador y perverso deseo. Y solo entonces se llega a comprender tal idilio.

La lluvia se manifestó caudalosa, arropó con su manto el candente hierro laminado, sació con su abrumadora abundancia la férrea sed, y sin importarles la exposición consuman su romance, ante la mirada absorta de un testigo que se deleita con el sonido provocado por roce entre lo natural y lo artificial.

La resaca del encuentro no se hizo esperar, secuelas salpicadas en el zinc, estelas del rocío que corroen el metal provocando que se oxide su blindaje. Saciedad pasajera que desaparece con el despertar del astro rey. Ansias que renacen y cuecen las esperanzas de que el romance entre el zinc y la lluvia sea menos desgastante..

–Aquí te esperaré, se escuchó en el oxidado rechinar. -Por más que tarde, regresaré. Decía una jadeante llovizna que se escabullía entre un arco iris.

 

 

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About the Author

Rafael Henríquez
Director y Productor de Con Miel y Con Hiel Mass Media, Periodista, Cronista Deportivo, Locutor, Escritor.